Con motivo del Día Mundial del Ictus, la neuropsicóloga Valeria Medina advierte de que los problemas de memoria, atención, lenguaje y planificación pueden afectar a la autonomía de los pacientes.
Recuperar la capacidad de caminar, mover un brazo o realizar determinadas actividades físicas son algunos de los avances más visibles después de sufrir un ictus. Sin embargo, la mejoría de las secuelas motoras no significa necesariamente que la recuperación sea completa, ya que pueden persistir alteraciones cognitivas que pasan desapercibidas y afectan a la vida cotidiana.
Con motivo del Día Mundial del Ictus, que se celebra el próximo 29 de octubre, la plataforma española NeuronUP, especializada en evaluación y rehabilitación cognitiva, advierte de la importancia de identificar estas dificultades y abordarlas mediante programas adaptados a cada paciente.
“Poder caminar o mover los brazos no permite concluir que no existan dificultades cognitivas. Después de un ictus pueden verse afectadas funciones como la atención, la memoria, el lenguaje, la velocidad de procesamiento o la capacidad para planificar y tomar decisiones”, explica Valeria Medina, neuropsicóloga de la entidad.
Secuelas que no siempre son visibles
Un ictus se produce cuando se interrumpe el flujo sanguíneo hacia una parte del cerebro debido a la obstrucción de un vaso sanguíneo o cuando este se rompe y provoca una hemorragia. Sus consecuencias dependen de las áreas cerebrales afectadas y de la extensión de la lesión.
Además de las alteraciones motoras, las personas que han sufrido un ictus pueden experimentar dificultades para mantener la atención, procesar información, recordar acontecimientos recientes, expresarse o comprender el lenguaje.
También pueden verse afectadas las funciones ejecutivas, necesarias para organizar actividades, planificar y tomar decisiones, así como las habilidades visoespaciales, relacionadas con la orientación y la interpretación del espacio.
“Estas funciones cognitivas dependen de redes cerebrales que trabajan de forma coordinada. Por ello, el daño puede afectar a distintas funciones incluso cuando las alteraciones motoras son poco perceptibles”, señala Medina.
La especialista añade que factores como el estado de salud cerebral previo, el estado de ánimo, la calidad del sueño o determinados medicamentos también pueden influir en el rendimiento cognitivo después de un ictus.
Señales de alerta para familiares y cuidadores
La detección de estas secuelas requiere prestar atención a los cambios en el comportamiento y las capacidades de la persona respecto a su situación anterior.
Entre las señales que pueden justificar una valoración especializada se encuentran los olvidos frecuentes de citas o medicamentos, las dificultades para seguir instrucciones, los errores al manejar dinero o la necesidad de recibir ayuda para organizar tareas que antes realizaba de manera autónoma.
También pueden aparecer problemas de comunicación, como tardar más tiempo en encontrar determinadas palabras, tener dificultades para construir frases o perder el hilo de las conversaciones.
Los especialistas recomiendan que familiares y cuidadores registren ejemplos concretos de estas situaciones y los comuniquen al equipo sanitario para facilitar la evaluación y orientar la rehabilitación.
Asimismo, recuerdan que la aparición repentina de dificultades para hablar, debilidad en un lado del cuerpo o pérdida de visión requiere atención médica urgente, incluso cuando los síntomas desaparecen al cabo de pocos minutos.
Cinco claves para favorecer la recuperación cognitiva
La rehabilitación cognitiva debe adaptarse a las necesidades, capacidades y objetivos de cada paciente. Aunque no existe una estrategia única ni puede garantizarse una recuperación completa, los especialistas destacan cinco medidas que pueden contribuir a mejorar la autonomía:
Practicar actividades cotidianas. Elaborar una lista de la compra, organizar una salida o planificar tareas domésticas permite trabajar diferentes capacidades cognitivas mediante situaciones reales.
Utilizar herramientas de apoyo. Las agendas, alarmas y listas de tareas pueden ayudar a compensar dificultades de memoria y organización, siempre que se aprenda a utilizarlas de manera habitual.
Reducir las distracciones. Realizar una actividad cada vez, trabajar en ambientes tranquilos y seguir instrucciones sencillas facilita la concentración y permite adaptar progresivamente la dificultad de los ejercicios.
Favorecer la comunicación. Cuando existen alteraciones del lenguaje, pueden emplearse imágenes, gestos, palabras escritas y conversaciones sobre temas conocidos para facilitar la interacción con familiares y cuidadores.
Respetar los tiempos de descanso. Alternar las actividades con pausas y adaptar las tareas a la energía disponible resulta fundamental, especialmente cuando existe fatiga persistente o dificultades para dormir.
Valeria Medina destaca que el objetivo de la rehabilitación no debe limitarse a mejorar el rendimiento en determinados ejercicios, sino que las capacidades trabajadas puedan trasladarse a situaciones reales de la vida diaria.
De esta forma, la recuperación cognitiva busca favorecer la autonomía y la participación de las personas que han sufrido un ictus en sus actividades habituales.