Dicen que el ser humano tiene una capacidad infinita para adaptarse. Se acostumbra al calor, a los atascos, a las cuestas de La Orotava y hasta al frío de La Villa. Lo verdaderamente preocupante es cuando también termina acostumbrándose al mal gobierno.
Los municipios no suelen deteriorarse de golpe. No hay un estruendo, ni una sirena que anuncie el principio del declive. El desgaste llega despacio, casi con educación.
Empieza de forma inocente:
Una obra que se retrasa «porque estas cosas pasan». Un proyecto que nunca llega «porque es complicado» o una promesa reciclada cada cuatro años hasta que acaba pareciendo un patrimonio histórico. Teguise, como tantos otros municipios, corre ese riesgo. El de acostumbrarse a que gobiernen mal.
«Siempre ha sido así», es probablemente la frase más cara que puede pronunciar un municipio. Porque detrás de esas cuatro palabras caben todas las oportunidades perdidas, todas las generaciones que terminan creyendo que aspirar a más en Teguise es un exceso de optimismo y el vecino, que no es ingenuo pero tampoco quiere vivir enfadado, acaba aceptando el guion.
Existe una extraña habilidad en el grupo de gobierno de Teguise por presentar como un éxito el mantener servicios que deberían funcionar por inercia. Se celebran actuaciones que llegan tarde, se inauguran obras que nunca debieron prolongarse tanto, se hace latente la inestabilidad de los cargos públicos (hoy sí, mañana no) y así, casi sin hacer ruido, la costumbre se instala en el salón de casa, se sirve un café y acaba formando parte de la familia.
A lo que gobernar, se convierte en hacer que los vecinos dominen el viejo oficio de esperar: Una obra, una respuesta, un proyecto que parece venir en el siguiente pleno, en los siguientes presupuestos o, mejor aún, en la siguiente legislatura. En este municipio el futuro siempre llega, pero ya será para otro día.
Con el tiempo ocurre algo aún más peligroso. El vecino deja de indignarse y comienza a resignarse. Ya no pregunta por qué una obra tarda cinco años, pregunta si al menos estará terminada antes de las próximas elecciones y así, un trámite resuelto, empieza a parecer un milagro administrativo para muchos.
Mientras tanto, los problemas cotidianos siguen esperando turno y la paciencia de los vecinos, aunque infinita en apariencia, como los baches de la entrada a Costa Teguise, también tiene fecha de caducidad.
Nuestro municipio no necesita acostumbrarse.
Necesita sacudirse esa peligrosa tendencia a aplaudir lo obligatorio y celebrar lo tardío.
Quizás por eso la oposición resulta incómoda.
Porque insistimos en preguntar por las licencias atascadas en la oficina técnica, por el planeamiento pendiente o por los servicios que no mejoran. No por fastidiar, sino porque alguien tiene que recordar que aún debemos mejorar los parques infantiles para que sean inclusivos, y que gobernar no consiste en administrar la resignación de los vecinos. Porque un municipio empieza a perder el rumbo cuando deja de exigir excelencia y aprende a aplaudir la normalidad. Créanme, hay pocas derrotas más silenciosas que esa.
La buena noticia es que las costumbres, por muy arraigadas que parezcan (como las luminarias oxidadas de la calle Los Helechos), también se pueden cambiar.
Desde la oposición una aprende pronto que fiscalizar no consiste en poner palos en las ruedas, sino en evitar que el carro acabe barranco abajo mientras quienes lo conducen aseguran que todo marcha de maravilla. Es un trabajo incómodo. Poco agradecido. Porque señalar una deficiencia siempre genera más ruido que resolverla. Pero precisamente para eso existe la oposición, para lanzar la pregunta de: «¿Y si pudiéramos hacerlo mejor?».
No se acostumbren, vecinos y vecinas, a que la propaganda llegue siempre antes que las soluciones. Ni creo en la política de los aplausos fáciles, ni tampoco en la de los enemigos permanentes. Porque la democracia se debilita cuando nadie cuestiona al que gobierna. Creo en la política que entiende que el dinero público no pertenece a ningún partido, que las instituciones son de todos, y que el respeto a los ciudadanos empieza por decirles la verdad, aunque no siempre sea agradable.
Porque hay algo peor que un mal gobierno: Eternizarlos. Y eso, sí sería una mala costumbre.
Jenifer Galán, concejala PSOE en Teguise