Ayer muchas mujeres canarias nos enfadamos al escuchar las palabras de una enfermera del servicio público canario que defendió en el Parlamento de Canarias que las mujeres tienen una predisposición genética a desempeñar el papel de cuidadoras en la sociedad.
Las declaraciones se produjeron en el marco de su intervención en las jornadas “Las que cuidan, las que atienden, las que limpian. Mujeres en el sector servicios en Canarias”, organizadas con motivo del 8 de marzo. Un espacio pensado precisamente para reflexionar sobre la desigualdad que siguen viviendo miles de mujeres en los trabajos de cuidados y en el sector servicios.
Las palabras despertaron la indignación de una de las asistentes. Y no es difícil entender por qué.
Decir que las mujeres tienen una predisposición genética para cuidar no es una afirmación inocente. Es repetir uno de los argumentos que durante décadas se han utilizado para justificar que las mujeres ocupen los trabajos más invisibles, más precarizados y peor pagados de nuestra sociedad.
Durante siglos se intentó convertir en naturaleza lo que en realidad era una imposición social. Se dijo que las mujeres cuidaban porque “les nacía”. Que limpiar y atender formaba parte de su naturaleza. Y con ese relato se legitimó un modelo en el que ellas sostenían la vida cotidiana mientras el reconocimiento, el poder y los salarios dignos quedaban en manos de otros.
No es genética. Es historia.
Si el cuidado fuera una predisposición biológica, las camareras de piso de los hoteles, las kellys,no trabajarían en condiciones que, en muchos casos, rozan la explotación. No tendrían que limpiar decenas de habitaciones cada día, levantar colchones, cargar carros imposibles y cumplir ritmos de trabajo que dejan secuelas físicas permanentes.
Las kellys no son el resultado de una predisposición natural. Son el resultado de un modelo económico que ha descansado durante años sobre el esfuerzo físico y la precariedad de miles de mujeres cuyo trabajo resulta imprescindible para sostener una de las principales industrias de Canarias.
Y lo mismo ocurre fuera del mercado laboral.
Hay madres que han tenido que renunciar a su carrera profesional para cuidar a hijos porque el sistema público no ofrece los apoyos suficientes. Mujeres que organizan su vida en torno a cuidados constantes. Mujeres que aman profundamente a sus hijos, pero que pagan ese amor con renuncias profesionales, económicas y personales que raramente se reconocen.
No es predisposición genética. Es ausencia de corresponsabilidad social.
También están las madres que crían solas a sus hijas e hijos. Mujeres que trabajan, que sostienen un hogar, que acompañan tareas escolares, que resuelven enfermedades, que llegan agotadas al final del día. Mujeres que cargan en solitario con responsabilidades que deberían ser compartidas.
Estoy convencida de que muchas de las mujeres que utilizan con tanta ligereza ese tipo de afirmaciones, si se detuvieran un momento a mirar a su alrededor, encontrarían rápidamente ejemplos que desmontan esa supuesta “predisposición genética”. Todas conocemos a una amiga que cuida sola de un familiar mayor y que organiza su vida en torno a un padre o una madre dependiente. A otra que ha tenido que renunciar a su desarrollo profesional para atender a un hijo con discapacidad. A una madre que ha pasado su vida encadenando trabajos precarios limpiando, atendiendo o cuidando.
Y probablemente quienes sostienen ese discurso puedan permitirse pagar para que alguien limpie su casa o cuide de sus hijos o de sus mayores. Pero incluso en esos casos el cuidado no desaparece: simplemente se traslada a otra mujer, casi siempre en condiciones de menor reconocimiento, menor salario y menor estabilidad.
Por eso duele escuchar todavía hoy ese tipo de afirmaciones. Y duele aún más escucharlas en el Parlamento de Canarias y en unas jornadas que precisamente llevaban por título “Las que cuidan, las que atienden, las que limpian”. Porque lo que estaba sobre la mesa era justamente el reconocimiento de esos trabajos invisibles y de las desigualdades que los atraviesan.
El problema no es que las mujeres cuiden. El problema es que durante demasiado tiempo se ha asumido que deben hacerlo ellas.
Y cuando algo se presenta como “genético”, lo que se está diciendo en realidad es que es inevitable. Que es natural. Que no hay nada que cambiar.
Pero sí lo hay.
Porque cuando se habla de cuidados como si fueran una inclinación natural, se invisibiliza la realidad de miles de mujeres. Las que limpian habitaciones de hotel en jornadas que destrozan el cuerpo. Las que han tenido que renunciar a su desarrollo profesional para cuidar a un padre, a una madre o a un hijo con discapacidad. Las que sacan adelante solas a sus hijos mientras sostienen también un trabajo precario.
Las mujeres no cuidan porque su ADN lo dicte: cuidan porque durante generaciones la sociedad decidió que ese sería su lugar.
Y precisamente por eso, por justicia y por dignidad, ese lugar tiene que dejar de ser un destino.
Paula Corujo Callero
Secretaria insular de Igualdad del PSOE de Lanzarote y Consejera en el Cabildo.